viernes, 3 de noviembre de 2017

Tu espalda sigue la línea estilizada de un jarrón de inicios del siglo pasado.
Quizás sea eso, y no yo misma ante tus ojos, lo que quiero tanto. A lo mejor todo se trata de una confusión; tal vez soy una artista de teatro antigua que siente el llamado ante el encanto del adorno de un tiempo con el que desea reencontrarse.
Puede que sea eso, y no el monte de tu labio, que sesea como una serpiente, que zumba como las abejas y también entrega su miel.
Probablemente todo esto -mis pensamientos, lo que hago, mi nacimiento- no sea más que un recuerdo que busca otro recuerdo que ya ha, a su vez, olvidado todo.
Será eso, y no tus columnas a las que me aferro, no la forma en la que puedo ver los abismos cuando pienso en ti.
Acaso un día muy lejano tuve un sueño en donde unas líneas exquisitas trazaban curvas, transparencias y rescoldos, sentí un ardor en el vientre y entre las piernas por lo simple que soy y lo poco acostumbrada que estuve a mirar lo que es precioso en sí.
O quizás eres una ventana pero yo no debo ver el mundo y unos seres extraños -nunca tú; imposible- cerraron para siempre tus portezuelas cuando me senté junto a tu marco.
Quizás, pero lo ignoro. Y al final insisto en que eres un jarrón del que bebí agua hace décadas y por eso ahora no conozco otra forma de lidiar con la sed. 
 

martes, 8 de agosto de 2017

He predicho mi propia muerte.
En la ausencia de agonía,
(¿o esa sí me será concedida?)
una sombra negra,
una abierta que promete
más que herida, ser agujero negro, portal
hiende de la nada un día
ni siquiera en el miedo, sólo asombro
sin tiempo para recular,
sin ser cobarde
y con ello lo demás.

De esta sombra que se expande
no nace tampoco entonces el basto abrigo
que busqué bajo las alas
de amistades, de madres, de amantes
ni es la nada que absorbe de la muerte tranquila
sino una prolongación de un momento
que se fermenta lejano,
por poco reconocible.

La frente prominente de un mono
se esparce entre el manto suave de humo.
Un ejército se irgue junto,
pequeñas manchas inocentes que efervescen
entre las calles inusualmente vacías de esta ciudad.

Los ojos vienen a verme
ojos de bola de cristal
una ternura salvaje los vuelve rojos
en la cara pétrea de un babuino.

Se me obsequia un segundo de reconocimiento.

Todos sabemos la forma original de dicho animal
todos recordamos los estragos de los babuinos encerrados en el arca,
velamos las noches de los hijos en busca de sus siluetas,
nuestras cicatrices tendrán por siempre memoria de sus garras y fauces.






Sé que está muriendo desde hace casi veinte años. Estoy profundamente triste. Ahora entiendo que cuando era niña comencé a escribir porque necesitaba hacer un obituario preciso, que le hiciera justicia a este duelo casi ininterrumpido y ese ha sido mi intento desde entonces. Quiero llorar ahora mismo. Tal vez lo haga; pienso que todos deberíamos hacerlo. Es una desgracia tan grande que nadie debería pensar en nada más, con todo y las guerras y las mutilaciones y los desprecios de todo tipo que hay en el mundo. Quizás se me tache de egoísta, de encerrada, de mala persona y en cierto modo lo soy, como cualquiera. Es sólo que... hay algo que lleva muriendo cerca de veinte años aquí, muy cerca. No sé si a mi costado, por encima de mí o dentro, como si mi cuerpo pudiera almacenar más cuerpos y a uno de ellos le hubiera pasado una tragedia de esas que no se pueden cuestionar, que no se consuelan y ahora agoniza aquí sin fin.
Hay días en los que hace más calor y la putrefacción de esa carne se hace más perceptible. Entonces me cuesta mucho levantarme, vestirme, comer, tener conciencia de mí. Deseo, cuando esto pasa, que se solucione todo de una vez.
Esto para mí significa una de dos: o que se muera de una buena vez (pero yo no soy una asesina, no tengo ni la fuerza física ni emocional para matar a nadie) o que la tristeza tan fuerte e indestructible como ha demostrado ser haga un puente entre eso que muere y yo y entonces podamos por fin abrazarnos y consolarnos y pueda yo decirle que todo este tiempo no ha sufrido solo, que también se me agota el aliento a ratos porque no paro de pensar en su miseria y entonces, como los muertos de las películas, tal vez por fin pueda aquello descansar.
No veo que pueda pasar otra cosa que concluya.
Algunos pocos saben de mi tristeza porque les he contado de una manera poca exitosa que esta cosa ha estado aquí conmigo desde hace muchos años. De veras muchos. Tantos que la palabra -"depresión", aparte de que no es un término que deba usarse a la ligera y sin diagnóstico, no parece acomodarse a mi situación.
¿Cómo podría estar deprimida desde los nueve? No, en cambio algo se muere y ocurre que soy sensible a ese particular desprendimiento que no acaba de ser, que se produce al lado mío, tan cerca que casi escucho su respiración, que se acompasa con la mía y... a veces suelta un leve alarido.
Me duele.
Pero cuando miro hacia otro lado dura muy poco el alivio, el olvido, la sensación de que se ha ido. Permanece en estado latente la idea, en algún lugar de mi cabeza, esperando la primera señal para asomarse y regresar y jamás irse: morir y morir y morir durante años, sólo para mí.

martes, 13 de junio de 2017

Mi cuerpo es frágil; está cuarteado justo por la mitad. Si sigues la línea me encontrarás mística y verás todos los secretos de los que nacen, de los que mueren, de los que se ahogan de tanta vida. Pero estos reflejos se repiten en los pliegues de cada una como las partículas en un puño de tierra cualquiera. No hay nada en los tonos, en los bultos y en los diseños que refiera a algo más que a un mundano presentimiento de mortalidad.
Mi cuerpo es una constante cicatriz, es un templo inacabado que se profana desde dentro. Es un espacio abierto, un foro que atrae con aromas de frutos suaves a quien pasa despreocupado, y cuando cae, cierra sus puertas, abraza en un tosco intento de aprehender el aire nuevo para regresar luego a su estado expuesto. Extiende otra vez las redes a la fauna -lo digo con la mejor de las intenciones- que camina sobre él con toda cautela; un jabalí es libélula sobre mi vientre.
En la pesadez de un día excesivamente soleado, he pedido a los amigos un regalo: haremos un homenaje a los pechos, a la tristeza, a la lumbre.
Acuden pisando la tierra apenas con la punta de los dedos, tanteando por si hay alguna trampa, porque ésta no es una fiesta. En cambio, le decimos que no a mi cuerpo: que no es tan vasto, que cuando se derrumbe crecerán sobre él hilos de hierba, que es destrozable, penetrable, altamente prescindible: un alimento para un solo día y que mañana volveremos todos a estar hambrientos y será olvidado como olvidamos el pan que engullimos ayer.

jueves, 29 de octubre de 2015



Un hombre férrico sabía a sangre,
al parto de su propia madre
a las guerras que formaron Inglaterra
a una niña que lleva un dolor ancestral en la hendidura.

Sus amantes se enteraban
y descansaban con él un rato en bondadosa comprensión...
...y se iban
con hombres que olían a piel y campo recién trabajado,
que besaban con el sabor neutro de un día cansado,
con el encanto de una calidez pura sin aditamentos.

Pero el hombre férrico no podía dejar de manar;
manaba por las calles de ciudades tristes
Por las casas humildes de las orillas
y por los viejos castillos de Europa.
Manaba en los faros de islas solitarias
y por los cuellos de muchachas feas y mustias
entre las uñas de los perros flacos y en sus garrapatas,
manaba en el sueño de un viejo sucio.

A veces se diluía en algún bar
y fluía
a voluntad del sufrimiento de otros cuerpos
y nunca era de sí mismo.


sábado, 21 de marzo de 2015

Nada, nadie, nada, nada

Ésta es mi miseria, Amor. Ten. Aunque no quieras, busco tus manos, anda repartida allá y aquí. En este cuarto todos somos miserables, vivimos la miseria al máximo, como si fuera el último día de nuestras vidas. Entiende. Aquí tienes, te la pongo en la boca, te la escribo. Es más que un rato; es lo que queda cuando me quitan los huesos y la carne, es lo que no es cabello, ojos, sangre... Fuera de eso, soy lo mismo que un perro, que la madera que se pudre a la intemperie. Yo me hice a mí misma, así me hice cuando llegué a cierta edad en la que ya no supe cómo vivir. Tómala, mira cómo se retuerce y cómo espera saltar del cuenco tan chico que formas con la palma y del que aún así es incapaz de escapar.
Ya no tengo nada que ofrecer, Amor. Mira cómo escribo, mira cómo ando, mira cómo finjo de todo. De mí sólo salen heces, lágrimas y orina, porque me compone la suciedad. 
Ahora que ya no tengo nada, pero nada, nada, nada qué ofrecer a nadie, quiero que te quedes de todos modos. 
Con cualquier pregunta me desarmas; ¿qué tienes tú qué ver con eso? Nada, nada, nada y nadie y aún así quiero que te quedes otra vez, infinitas veces. 

viernes, 2 de mayo de 2014

Llama



En el principio estaba el hombre, y junto con él, revueltos los mamíferos intermedios, los dragones y las quimeras; toda bestia imaginable  u oculta habitaba junto con el hombre primitivo en ese entonces.
Una manada de homínidos escapaba del hueco de la noche al hueco aún más negro de una caverna natural. Ojillos oscuros y acuosos permanecían expectantes de lo que pudiera esconderles la privación de la luz solar, de las feroces aves gigantescas que de un solo picotazo atravesaban familias enteras de alimañas en vías de evolución vengativa, pero también  a los prehombres cuyos cuerpos blandos y manos y pies desprotegidos de garras, mandíbulas y caninos insuficientes, dejaban en la indefensión total. El más pequeño del grupo caminaba apenas y era tan vulnerable que en cualquier momento podría ser abandonado como un señuelo para entretener las fauces de algún oso de hocico corto a mitad de una huída fugaz. Así, la cría debía aferrarse al cuerpo peludo de la madre por sobre todas las cosas, y en medio de aquella agitación general, también a él, por instintivo terror prematuro, se le agitaba el pequeño pecho mientras con los ojos muy abiertos intentaba convertirse en nocturno y distinguir como en la relativa calma del día, de modo que ni siquiera se distraía del gran telón con el pezón  lechoso al que se abrazaba. 
Al lado, acurrucado a la entrada de la cueva y con la cabeza afuera de ésta, un ejemplar más joven miraba curioso, olfativo, temiendo incluso del aire que le entraba por la nariz chata y gruesa. Un par más de la misma edad más o menos se abrazaban en el fondo de piedra con las cabezas metidas bajo los brazos, alejados de la hendidura que daba hacia la inmensidad. El último era el más interesante. Tenía manos grandes como piedras rasposas, pecho abultado, expresión aún más rústica y simiesca que el resto. En él todas las facciones de los anteriores se intensificaban y llenaban de callos, arrugas y aún más pelo áspero. Era el líder, el macho alfa que riñe a mordiscos y con las uñas como garras sobre los pescuezos de los otros machos adultos que pretendían acercarse a la única hembra y su valor para defender a los demás era tan grande como el desconocimiento de la Tierra prematura que se portaba como una nodriza que los alimentaba, a ellos, sus hijos, profusamente con la lava de sus profundidades. Y aún así no se atrevía más que a mantenerse de pie ante la entrada del refugio, pelando los dientes verdes al vacío, como midiendo los peligros con el puro tacto del ambiente en los belfos, girando la cabeza muchos grados a la vez con cada crujir de quién sabe qué cosas.
Eran del tipo de bestias que presienten el desastre, el desborde natural.  Las horas nocturnas se alargaban y persistía la sensación en sus cuerpos latentes de que lo que los amenazaba se encontraba ahí, escondido, sigiloso y estirado, a ras del suelo, listo para dar el fatal zarpazo. Pero nada ocurrió y eventualmente se amontonaron como el resto de las criaturas diurnas en una orilla de la caverna. No obstante, uno de los jóvenes no durmió, sino que quedó despierto, con los ojos esféricos. Fue él el que encontró la chispa primigenia en su vuelo directo hacia donde estaba. Naturalmente, la tomó con punta del pulgar y naturalmente también, ésta le ardió en el dedo, luego le chamuscó un poco del pelo ralo de la barriga para descansar por fin en la nervadura del piso de hojas secas. El primer incendio dio inicio. El animal reculó con las facciones agrotescadas por el juego de luces y sombras, las piernas primero débiles y luego musculosas como las de los pájaros gigantes que recorrían distancias admirables en segundos. Al salir corría por entre las piedras, se agarraba con los dedos como garras y esquivaba los obstáculos de un escenario invisible, casi como prediciéndolos, las manos en el aire, batiéndose rapidísimo para conseguir el equilibrio necesario para la huída, casi emplumado, los dientes trozando troncos, piedras y raíces, masticándolo todo a su camino, triturando monstruos y mamuts de magnitudes maravillosas… Y al verse  ya muy lejos, solo, perseguido por nada más que las estrellas y los nubarrones de un planeta inestable e hirviente, se detuvo y volvió la cabeza hacia el camino por el que había atravesado. A lo lejos una mancha del color de una herida abierta que se alargaba cada vez más amenazaba con engullirlo todo mientras el prehombre se alejaba, también por primera vez, bajo la complicidad y protección de la máxima negrura.