domingo, 20 de marzo de 2016

12 de julio

Una sombra grande,
mariposa negra que cubre un bulbo de luz 
morí una tarde de julio.

Una mariposa negra y grande sobrevolaba 
la cara blanca, los ojos
y ningún cuerpo es como su alma.

Tu pecho enraizado de mala hierba
una culpa antigua de sabor sagrado
lloraste el mañana que tajó 
el hueco inmenso de la posibilidad
que mi cuerpo podrido te quitaba,
que mi cuerpo fresco te ofreció
un día de calor con mangos y naranjas.

La muerte era una mariposa negra
a la que soplabas para ahuyentar
pero una dulce caricia de sus alas
un breve abrazo de terciopelo
y no pudiste dejarla.

La muerte era una mariposa negra
una sirena que canta en el mar
una sombra grande se eleva 
y se va.

Una mariposa negra 
me devuelve 
una mariposa negra que ya no es nada
y tú tienes aún su tintura en el pecho. 






jueves, 29 de octubre de 2015



Un hombre férrico sabía a sangre,
al parto de su propia madre
a las guerras que formaron Inglaterra
a una niña que lleva un dolor ancestral en la hendidura.

Sus amantes se enteraban
y descansaban con él un rato en bondadosa comprensión...
...y se iban
con hombres que olían a piel y campo recién trabajado,
que besaban con el sabor neutro de un día cansado,
con el encanto de una calidez pura sin aditamentos.

Pero el hombre férrico no podía dejar de manar;
manaba por las calles de ciudades tristes
Por las casas humildes de las orillas
y por los viejos castillos de Europa.
Manaba en los faros de islas solitarias
y por los cuellos de muchachas feas y mustias
entre las uñas de los perros flacos y en sus garrapatas,
manaba en el sueño de un viejo sucio.

A veces se diluía en algún bar
y fluía
a voluntad del sufrimiento de otros cuerpos
y nunca era de sí mismo.


sábado, 21 de marzo de 2015

Nada, nadie, nada, nada

Ésta es mi miseria, Amor. Ten. Aunque no quieras, busco tus manos, anda repartida allá y aquí. En este cuarto todos somos miserables, vivimos la miseria al máximo, como si fuera el último día de nuestras vidas. Entiende. Aquí tienes, te la pongo en la boca, te la escribo. Es más que un rato; es lo que queda cuando me quitan los huesos y la carne, es lo que no es cabello, ojos, sangre... Fuera de eso, soy lo mismo que un perro, que la madera que se pudre a la intemperie. Yo me hice a mí misma, así me hice cuando llegué a cierta edad en la que ya no supe cómo vivir. Tómala, mira cómo se retuerce y cómo espera saltar del cuenco tan chico que formas con la palma y del que aún así es incapaz de escapar.
Ya no tengo nada que ofrecer, Amor. Mira cómo escribo, mira cómo ando, mira cómo finjo de todo. De mí sólo salen heces, lágrimas y orina, porque me compone la suciedad. 
Ahora que ya no tengo nada, pero nada, nada, nada qué ofrecer a nadie, quiero que te quedes de todos modos. 
Con cualquier pregunta me desarmas; ¿qué tienes tú qué ver con eso? Nada, nada, nada y nadie y aún así quiero que te quedes otra vez, infinitas veces. 

viernes, 2 de mayo de 2014

Llama



En el principio estaba el hombre, y junto con él, revueltos los mamíferos intermedios, los dragones y las quimeras; toda bestia imaginable  u oculta habitaba junto con el hombre primitivo en ese entonces.
Una manada de homínidos escapaba del hueco de la noche al hueco aún más negro de una caverna natural. Ojillos oscuros y acuosos permanecían expectantes de lo que pudiera esconderles la privación de la luz solar, de las feroces aves gigantescas que de un solo picotazo atravesaban familias enteras de alimañas en vías de evolución vengativa, pero también  a los prehombres cuyos cuerpos blandos y manos y pies desprotegidos de garras, mandíbulas y caninos insuficientes, dejaban en la indefensión total. El más pequeño del grupo caminaba apenas y era tan vulnerable que en cualquier momento podría ser abandonado como un señuelo para entretener las fauces de algún oso de hocico corto a mitad de una huída fugaz. Así, la cría debía aferrarse al cuerpo peludo de la madre por sobre todas las cosas, y en medio de aquella agitación general, también a él, por instintivo terror prematuro, se le agitaba el pequeño pecho mientras con los ojos muy abiertos intentaba convertirse en nocturno y distinguir como en la relativa calma del día, de modo que ni siquiera se distraía del gran telón con el pezón  lechoso al que se abrazaba. 
Al lado, acurrucado a la entrada de la cueva y con la cabeza afuera de ésta, un ejemplar más joven miraba curioso, olfativo, temiendo incluso del aire que le entraba por la nariz chata y gruesa. Un par más de la misma edad más o menos se abrazaban en el fondo de piedra con las cabezas metidas bajo los brazos, alejados de la hendidura que daba hacia la inmensidad. El último era el más interesante. Tenía manos grandes como piedras rasposas, pecho abultado, expresión aún más rústica y simiesca que el resto. En él todas las facciones de los anteriores se intensificaban y llenaban de callos, arrugas y aún más pelo áspero. Era el líder, el macho alfa que riñe a mordiscos y con las uñas como garras sobre los pescuezos de los otros machos adultos que pretendían acercarse a la única hembra y su valor para defender a los demás era tan grande como el desconocimiento de la Tierra prematura que se portaba como una nodriza que los alimentaba, a ellos, sus hijos, profusamente con la lava de sus profundidades. Y aún así no se atrevía más que a mantenerse de pie ante la entrada del refugio, pelando los dientes verdes al vacío, como midiendo los peligros con el puro tacto del ambiente en los belfos, girando la cabeza muchos grados a la vez con cada crujir de quién sabe qué cosas.
Eran del tipo de bestias que presienten el desastre, el desborde natural.  Las horas nocturnas se alargaban y persistía la sensación en sus cuerpos latentes de que lo que los amenazaba se encontraba ahí, escondido, sigiloso y estirado, a ras del suelo, listo para dar el fatal zarpazo. Pero nada ocurrió y eventualmente se amontonaron como el resto de las criaturas diurnas en una orilla de la caverna. No obstante, uno de los jóvenes no durmió, sino que quedó despierto, con los ojos esféricos. Fue él el que encontró la chispa primigenia en su vuelo directo hacia donde estaba. Naturalmente, la tomó con punta del pulgar y naturalmente también, ésta le ardió en el dedo, luego le chamuscó un poco del pelo ralo de la barriga para descansar por fin en la nervadura del piso de hojas secas. El primer incendio dio inicio. El animal reculó con las facciones agrotescadas por el juego de luces y sombras, las piernas primero débiles y luego musculosas como las de los pájaros gigantes que recorrían distancias admirables en segundos. Al salir corría por entre las piedras, se agarraba con los dedos como garras y esquivaba los obstáculos de un escenario invisible, casi como prediciéndolos, las manos en el aire, batiéndose rapidísimo para conseguir el equilibrio necesario para la huída, casi emplumado, los dientes trozando troncos, piedras y raíces, masticándolo todo a su camino, triturando monstruos y mamuts de magnitudes maravillosas… Y al verse  ya muy lejos, solo, perseguido por nada más que las estrellas y los nubarrones de un planeta inestable e hirviente, se detuvo y volvió la cabeza hacia el camino por el que había atravesado. A lo lejos una mancha del color de una herida abierta que se alargaba cada vez más amenazaba con engullirlo todo mientras el prehombre se alejaba, también por primera vez, bajo la complicidad y protección de la máxima negrura. 


miércoles, 5 de marzo de 2014

Me duele cuando amarillea,
cuando azulea, cuando amulata me duele:

giran los adornitos,
cabriolines y arqueados, barroquinos.
Giran los adornitos, se enroscan,
retorcidos se juntan y se despegan

son una rama de viñedo trabajosa,
son un garigol,
son la nota prolongada de más de más,

pero son un aliento que se acaba,
son feroz reclamo,
son arcadas del ánimo perdido.

Intento estorboso, inútil,
ridícula mojarra
húmeda diario de llanto,
cháchara incontenible
que se va por las cloacas de la ciudad.

Los puntitos
en principio sólo centro de senos
se encumbran sobre las íes de comatosos pasajes
vagabundos sin oídos ni ojos
que les soporten el desgañitamiento.

Ulcérica escribo con tinta de pez beta
sobre pergaminos antiguos
que elimino con palabras SOLOMÍAS
y recién nacidas cuando te conocí.

Grande lástima: almuerzo de pirañas
en tus ojos, en tu labio y en tus dedos
searrejuntanyseaprietan
y quién puede, ¡Jesucristo!
comprender tal majadería.

Cómo se vierten
las hojas tristes
junto con  excretarrados pobres papeles,
cómo las orinan los urogallos
cuando las llevas al tiradero.

Qué vedados nos estarán
hasta el fin de lo infinito
los poderes
de los que -se- comprenden.

El feroz y chistoso Hormigón

Los medievales sólo sabían ver diablos

domingo, 5 de enero de 2014

Primera visión del pájaro carpintero, tal y como me la recordó la segunda

La primera vez que vi un pájaro carpintero andaría por los trece. Lo fui a visitar a la sierra, con el más excelente guía de todos los tiempos. No tuvimos que viajar mucho: se nos apareció como una visión a escasos metros de la casa del tío abuelo, y el abuelo original nos lo señaló, lo apuntó con su dedo infinito que no desaparecerá nunca porque llevo una copia en mis propias manos grandes.


El animal picoteaba la madera de árbol gigantesco (¿roble, encino?) y conservo la impresión de haber mirado en busca de aquel pájaro de caricatura, única referencia de una niña de ciudad desarbolada como fui. Para ser sincera, no recuerdo exactamente qué es lo que vi, pero sé que esa noche dormí casi tan satisfecha como cuando vi y escuché, muchos años después, una pareja de halcones camino a la mina encantada en el mismo bosque en medio de la sierra.

Espacio virginal de mis recuerdos, cada piedra de río, cada minúscula caída de agua, cada bolita excretada por los venados que se escabullían al anochecer por entre las cercas hasta la huerta para mordisquear nuestros duraznos, cada insecto no descubierto aún por la ciencia (¿cómo podría tener nombre un ciempiés gigante de múltiples tonos neón?), cada historia de nahuales y duendes, de criaturas que se aparecen a los caminantes nocturnos, es una polilla que he clavado con un alfiler y extremo cuidado en la historia de mis días, en una época de asombro y lucidez perdida en la que los pies eran raíces que se integraban y casi tocaban el magma de la Tierra hasta que la madera envejeció y se soltó para formar pies; dos tumores de formas hórridas y dedos confusos como los de cualquier adulto, proporcionados para caminar sobre la superficie, destructores así de la íntima conexión que sin duda debe existir entre un infante y todo lo demás.

Múltiples preguntas vienen a la cabezota de aquellos días: misterios intactos en el corazón de los cerros, entrañas de la mina hasta la que nunca llegué pero de la que hay fotos tomadas con la cámara de mi padre que quizás algún día me anime a compartir por acá, murciélagos que vuelan bajo apenas oscurece y de los que nunca supe la guarida diurna, tarántulas escondidas en madrigueras a ras del suelo que perecían apenas caía la tormenta... Pero hoy, cosa muy rara, sólo me apetece hablar del pájaro carpintero, señor de oficio digno de santos, ilusión borrosa de una vida que una vez viví  y que no es ésta.

La sierra del abuelo


Me gustaría decir que ese fue el mismo día en que vimos el avispón azul de cuerpo gigantesco y diminutas alas anaranjadas, pero temo que los dos hechos en realidad fueron muy distantes y yo los he unido inconscientemente en un intento de embellecer los recuerdos de aquellos días de lluvia incansable que comenzaban a formar este lodazal.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Predecir por los guiños de la obra

Si la familia no patalea, si cuando te abrigas se te quita el frío, si no te atormentan los muertos, si por las mañanas alcanzas todavía al pajarito que grita desde la barda de la casa vecina, algo está muy mal.

Sin embargo, no todo es negativo. El autor siempre te dará pistas de lo que habrá de suceder. Puede ser cualquier cosa, sólo es cuestión de estar atentos: una palabra misteriosa, un personaje enfermo, un sueño que te deja incómodo por el resto del día, una tristeza sin aparente motivo, una conversación extraña que insinúa una traición, un silencio demasiado prolongado, la mirada de la musa personal que se hace líquida por apenas un segundo más de lo suficiente para que la notes.   

El capataz, el detonante de la acción, pensará que es Judas. Va a creer que es su culpa. Se va a suicidar con la quijada y los cuerpos de gente sin nombre. No es su culpa. Es que todo estaba muy tranquilo, es que podríamos haber pastado en esos llanos durante siglos de no ser por su intervención y tal vez habríamos muerto con la conciencia del paso de los tiempos arrugándonos los pulmones, el estómago, cada vena...
 
Pero si lo que buscas es detener el acontecimiento que arruinará tu bella historia sobre bugambilias, corderos y sonrisas, deberías intentar hacerte de un libro de esos de psicomagia y seguir alguna instrucción:

Caso: una paciente de veintidós creía firmemente que la existencia estaba condicionada por el mal sino, y que si en el momento los días eran tranquilos, esto no era más que un presagio de que algo muy grave se presentaría en el futuro.
Tratamiento: la paciente adquirió un manual de psicomagia que le resultó terriblemente inútil, lo cual la dejó sin dinero por el resto del mes. Esto funcionó como metáfora de la tragedia que presentía y pudo así liberarse y comer perdices.

¿Hay que tomar fotografías o hay que comenzar a aborrecer este tiempo premonitorio? No desesperéis; al final siempre se descubre el misterio y la trama adquiere toda su polisemia.