martes, 8 de agosto de 2017

He predicho mi propia muerte.
En la ausencia de agonía,
(¿o esa sí me será concedida?)
una sombra negra,
una abierta que promete
más que herida, ser agujero negro, portal
hiende de la nada un día
ni siquiera en el miedo, sólo asombro
sin tiempo para recular,
sin ser cobarde
y con ello lo demás.

De esta sombra que se expande
no nace tampoco entonces el basto abrigo
que busqué bajo las alas
de amistades, de madres, de amantes
ni es la nada que absorbe de la muerte tranquila
sino una prolongación de un momento
que se fermenta lejano,
por poco reconocible.

La frente prominente de un mono
se esparce entre el manto suave de humo.
Un ejército se irgue junto,
pequeñas manchas inocentes que efervescen
entre las calles inusualmente vacías de esta ciudad.

Los ojos vienen a verme
ojos de bola de cristal
una ternura salvaje los vuelve rojos
en la cara pétrea de un babuino.

Se me obsequia un segundo de reconocimiento.

Todos sabemos la forma original de dicho animal
todos recordamos los estragos de los babuinos encerrados en el arca,
velamos las noches de los hijos en busca de sus siluetas,
nuestras cicatrices tendrán por siempre memoria de sus garras y fauces.






Sé que está muriendo desde hace casi veinte años. Estoy profundamente triste. Ahora entiendo que cuando era niña comencé a escribir porque necesitaba hacer un obituario preciso, que le hiciera justicia a este duelo casi ininterrumpido y ese ha sido mi intento desde entonces. Quiero llorar ahora mismo. Tal vez lo haga; pienso que todos deberíamos hacerlo. Es una desgracia tan grande que nadie debería pensar en nada más, con todo y las guerras y las mutilaciones y los desprecios de todo tipo que hay en el mundo. Quizás se me tache de egoísta, de encerrada, de mala persona y en cierto modo lo soy, como cualquiera. Es sólo que... hay algo que lleva muriendo cerca de veinte años aquí, muy cerca. No sé si a mi costado, por encima de mí o dentro, como si mi cuerpo pudiera almacenar más cuerpos y a uno de ellos le hubiera pasado una tragedia de esas que no se pueden cuestionar, que no se consuelan y ahora agoniza aquí sin fin.
Hay días en los que hace más calor y la putrefacción de esa carne se hace más perceptible. Entonces me cuesta mucho levantarme, vestirme, comer, tener conciencia de mí. Deseo, cuando esto pasa, que se solucione todo de una vez.
Esto para mí significa una de dos: o que se muera de una buena vez (pero yo no soy una asesina, no tengo ni la fuerza física ni emocional para matar a nadie) o que la tristeza tan fuerte e indestructible como ha demostrado ser haga un puente entre eso que muere y yo y entonces podamos por fin abrazarnos y consolarnos y pueda yo decirle que todo este tiempo no ha sufrido solo, que también se me agota el aliento a ratos porque no paro de pensar en su miseria y entonces, como los muertos de las películas, tal vez por fin pueda aquello descansar.
No veo que pueda pasar otra cosa que concluya.
Algunos pocos saben de mi tristeza porque les he contado de una manera poca exitosa que esta cosa ha estado aquí conmigo desde hace muchos años. De veras muchos. Tantos que la palabra -"depresión", aparte de que no es un término que deba usarse a la ligera y sin diagnóstico, no parece acomodarse a mi situación.
¿Cómo podría estar deprimida desde los nueve? No, en cambio algo se muere y ocurre que soy sensible a ese particular desprendimiento que no acaba de ser, que se produce al lado mío, tan cerca que casi escucho su respiración, que se acompasa con la mía y... a veces suelta un leve alarido.
Me duele.
Pero cuando miro hacia otro lado dura muy poco el alivio, el olvido, la sensación de que se ha ido. Permanece en estado latente la idea, en algún lugar de mi cabeza, esperando la primera señal para asomarse y regresar y jamás irse: morir y morir y morir durante años, sólo para mí.

martes, 13 de junio de 2017

Mi cuerpo es frágil; está cuarteado justo por la mitad. Si sigues la línea me encontrarás mística y verás todos los secretos de los que nacen, de los que mueren, de los que se ahogan de tanta vida. Pero estos reflejos se repiten en los pliegues de cada una como las partículas en un puño de tierra cualquiera. No hay nada en los tonos, en los bultos y en los diseños que refiera a algo más que a un mundano presentimiento de mortalidad.
Mi cuerpo es una constante cicatriz, es un templo inacabado que se profana desde dentro. Es un espacio abierto, un foro que atrae con aromas de frutos suaves a quien pasa despreocupado, y cuando cae, cierra sus puertas, abraza en un tosco intento de aprehender el aire nuevo para regresar luego a su estado expuesto. Extiende otra vez las redes a la fauna -lo digo con la mejor de las intenciones- que camina sobre él con toda cautela; un jabalí es libélula sobre mi vientre.
En la pesadez de un día excesivamente soleado, he pedido a los amigos un regalo: haremos un homenaje a los pechos, a la tristeza, a la lumbre.
Acuden pisando la tierra apenas con la punta de los dedos, tanteando por si hay alguna trampa, porque ésta no es una fiesta. En cambio, le decimos que no a mi cuerpo: que no es tan vasto, que cuando se derrumbe crecerán sobre él hilos de hierba, que es destrozable, penetrable, altamente prescindible: un alimento para un solo día y que mañana volveremos todos a estar hambrientos y será olvidado como olvidamos el pan que engullimos ayer.